El automovilismo como cualquier otro deporte, no está exento de que se presenten situaciones embarazosas y conflictivas.
Decimos lo anterior porque a raíz de los últimos eventos celebrados en Meoqui y en Aquiles Serdán, sucedieron cosas que nos hacen ver que hay prietitos en el arroz.
Me refiero a las protestas presentadas contra algunos autos que se duda que estén apegados al reglamento dentro de cada categoría.
Es comprensible y se justifica, que pilotos que conocen y tienen los recursos para hacerlo, le pongan a su auto los fierros que los hagan más competitivos.
Lo inmoral es que lo hagan tratando de sacar ventajas, violando el reglamento que existe en cada categoría.
También se comprende que quienes son nombrados para vigilar estas cuestiones puedan equivocarse en su criterio de apreciación, pero lo que es imperdonable es que lo hagan deliberadamente para favorecer a pilotos de su preferencia.
Por otro lado, existe un criterio lógico de que lo que no está prohibido está permitido, y esto es cierto.
El reglamento técnico de competencia tiene fallas y desde luego es perfectible y puede mejorarse, lo que es inaceptable, es que se viole por ignorancia, desconocimiento o mala fe.
En el apartado del reglamento sobre las protestas se especifica claramente el mecanismo que se debe seguir para presentarlas, así como las cantidades que se deben depositar como garantía.
El reclamo de motor también señala una cantidad valuada en 15 mil pesos.
En el argot jurídico se dice que las leyes se hicieron para violarlas, pero aquí, debe prevalecer sobre todo la honestidad y la buena fe con la que obren todas las personas involucradas: pilotos, organizadores, oficiales y promotores.
Esta es la única garantía de salvar un deporte que parece que se complica cada vez más.


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